El verano ya está aquí (estote fortes in urbis)

El verano ya está aquí. Los empresarios se frotan las manos, pronto los turistas llegarán por miles. Hoteles, hostales, hosteles y dueños de pisos en alquiler pondrán sus carteles de completo, no cabrá ni un alfiler. En las puertas de los bares y restaurantes la gente hará cola para cenar. Los pubs dejarán de estar relegados al fin de semana y podrán abrir a diario. Y todo ello generará trabajo y riqueza en esta tierra que tanto lo necesita.

Pero el verano no llegará exento de aspectos negativos. Con la época estival también vendrán los ruidos nocturnos, los incívicos que mean en cualquier esquina, las calles tan llenas de terrazas y de gente que casi ni se puede caminar, el no poder ir a cenar a nuestros bares favoritos, el casi tener que renunciar a nuestra Tarifa… Y, por supuesto, como bien es sabido, también dará comienzo la temporada de la saturación de vehículos.

Ya se ha empezado a notar algún que otro fin de semana, de esos pocos en los que el levante ha dado una tregua y ha permitido ir a la playa, pero pronto se irá haciendo más habitual y en julio y agosto será un acontecimiento diario. Por un lado sufriremos los problemas en la ciudad, que se colapsará convirtiendo en todo un reto encontrar aparcamiento. Y por otro se reflejará en las comunicaciones externas. Salir de Tarifa a mediodía o a última hora de la tarde, cuando la mayor parte de la gente se dirige o regresa de la playa, será una tarea que tomará tiempo y habrá que realizar con paciencia.

Para los bañistas será un tedio que probablemente afrontarán con resignación: sarna con gusto no pica. Si eligen la hora punta para salir de Punta Paloma o Bolonia, no les quedará más remedio que encender la radio y encontrar alguna forma entretenida para pasar la hora, o dos, de atasco que se les viene encima. Pero ellos no son los principales damnificados de esta situación.
En esos días habrá momentos en los que la distancia entre Algeciras y Tarifa se multiplicará. No será tan fácil ni rápido acudir a nuestra ciudad vecina, donde recordemos se encuentran algunos de nuestros servicios principales. El hospital más cercano ya no estará a veinte minutos, sino a mucho más tiempo, tal vez más del necesario para salvar una vida. Y qué decir de quienes viven en el campo. Los vecinos de Facinas, Tahivilla, Bolonia, Betis, etc. quedarán casi incomunicados. En estos lugares, donde ni siquiera se cuenta con un servicio de centro médico que funcione a diario, su equipamiento sanitario más cercano quedará a horas.

Pero no hace falta ponerse en lo peor para ver la gravedad del asunto. Mucha gente realiza cualquiera de estos trayectos a diario para ir a trabajar, para ir al mercado, etc. Todos ellos también sufrirán los atascos. Algunos deberán salir de casa con varias horas de antelación para llegar a tiempo. Un trayecto que en cualquier otra época del año apenas les habría tomado media hora, yendo despacio.

Todo esto no es nuevo. Es ya un problema conocido que se repite año tras año. No es de extrañar que luego se oiga a los tarifeños repetir una y otra vez, como casi un lema, esa frase de “qué ganitas de que llegue septiembre”. Porque en septiembre se van las masas y como cada año se disuelve el sitio de la ciudad.

Las causas son obvias, pero no por eso hay que pasarlas por alto. Tarifa es un paraíso natural, o al menos pretende serlo, que atrae a miles de turistas con una oferta basada en playas blancas, callejones con una intensa vida nocturna y una imagen desenfadada casi ‘indie’. Pero de éxito también se puede morir. Porque Tarifa no está preparada para responder a tanta demanda.

Tarifa se encuentra ubicada en un vértice de la península ibérica, en una esquinita apartada, donde las consecuencias de la centralización de nuestro país se agudizan al máximo. El tren es una realidad de otro mundo, una promesa de futuro que en su trazado abrió un paréntesis que englobaba a La Janda y el Campo de Gibraltar. Las únicas formas de llegar o salir son por mar si se viene o va a Marruecos, aunque es un servicio más bien enfocado al turismo que a las comunicaciones de Tarifa. O bien en vehículo privado y en autobús por carretera, por la carretera Nacional 340. La cual, como ya se ha explicado más arriba, hay épocas del año en las que se queda más que insuficiente para dar soporte a la cantidad de vehículos que la transitan.

¿Y qué hacemos? ¿Cómo seguimos viviendo los tarifeños? Soluciones hay.

Llegados a este punto cabría hacerse muchas preguntas. Cabría plantearse nuestro modelo económico, pensar en si estamos haciendo bien basando la economía de la ciudad en una única actividad, de caras múltiples, como es el turismo. ¿No sería mejor pensar en otro tipo de desarrollo? ¿No sería más interesante apostar por una Tarifa consolidada como ciudad activa durante todo el año que en una Tarifa cerrada a cal y canto durante medio año y saturada el otro medio? Habría que sentarse y ver las alternativas.

Podemos dar por hecho que al final, después de mucho discutir y ver otras opciones, continuamos pensando que el turismo es la mejor salida. Dinero rápido y fácil. De acuerdo, vamos adelante. Pero ¿qué tipo de turismo queremos? ¿Estamos haciendo bien apostando por un turismo basado en números y en masas o deberíamos luchar por otro tipo de turismo, que tal vez, genere menos externalidades? También habría que sentarse a debatir.

Sigamos, demos de nuevo por hecho que queremos continuar como estamos, atrayendo cada vez más gente. Construyendo más, creciendo a lo ancho sin llegar a pegar el estirón. ¿Cómo puede la ciudad convivir con tantos visitantes? ¿Hay forma material de que quepa tanta gente? Aquí se abre un nuevo campo de discusión. La ciudad debe pensar un modelo de funcionamiento que responda a las demandas que se le exigen. La movilidad es un tema por resolver. ¿Cómo llega la gente a Tarifa? ¿Cómo se va? Sería interesante plantearse si la solución más obvia, esa que pasa por ampliar la oferta de aparcamientos y mejorar las carreteras, es la mejor. ¿Queremos seguir apostando por un modelo basado en el vehículo privado? Es probable que si le damos una vuelta más al problema descubramos que lo más inteligente no es eso, que posiblemente habría que mejorar el transporte público y comenzar a adaptarse a los requerimientos de nuestro planeta. Sí, el calentamiento global existe.

Pero vayamos hasta el final. Enfrentemos de una vez la pregunta central. ¿Cómo se solventan los atascos estivales de la nacional 340? Opciones hay más de una: plan de salida escalonada de las playas, carril reversible, autovía, desdoble de la carretera actual… El modelo o modelos elegidos van a depender de los técnicos que estudien el caso y de los políticos que impulsen estos cambios, pero sobre todo, debería depender de una población tarifeña que demandara de forma contundente una solución a sus problemas.

Porque el ganar dinero, el poder montar un negocio y que salga adelante, el encontrar trabajo aunque sea por unos meses, todo esto; no debería estar reñido con no morirse algún día esperando en la carretera. Y con no cargarse nuestra casa, claro está.

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